martes, 26 de enero de 2016

Los pintores de las antiguas dinastías chinas


Los relatos sobre los pintores de las antiguas dinastías chinas como la T'ang (618-907)  o la Sung (960-1279), son muchas veces fantásticos. Por ejemplo, he aquí algunos de la dinastía T'ang:

Chan Hsiao-shih, de los T'ang, volvió a la vida tras haber conocido la muerte. Se destacó, desde entonces, en la representación de escenas infernales. Dicen que lo que pintaba no nacía de su imaginación; eran testimonios verídicos. 

Han Kan, el célebre pintor de los caballos de los T'ang, recibió una noche la visita de un hombre vestido de rojo que le dijo: "Vengo de parte de las ánimas. Se le ruega pintar un excelente corcel que van ellas a necesitar". Han Kan obedeció. Hizo el bosquejo de un caballos fantástico a partir del cual pintó el cuadro, en una gran hoja de papel; la quemó y le entregó las cenizas al mensajero. Este desapareció. Algunos años después, Han se encontró con un amigo veterinario, y éste le contó que estaba atendiendo un caballo que llamaba la atención por su extrañeza. Cuando Han vio el caballo, exclamó: "¡Pero si es el que pinté!". Un momento después, el caballo, como presa de un repentino malestar, se desplomó. El veterinario, descubrió entonces que tenía una malformación en un de las patas. Turbado, Han regresó a su casa. Sacó el antiguo bosquejo y, estupefacto, comprobó que, en efecto, en la pata derecha del caballo, el pincel se habia desviado. 

Tenemos también el caso del artista que necesita de una extrema embriaguez para realizar sus obras y el del artista en extremo disciplinado:

Wang Mo, el pintor vagabundo de los T'ang, era conocido por sus borracheras. Antes de acometer una obra, acostumbraba beber mucho. Una vez ebrio, se ponía a pintar a "tinta salpicada". Reía, cantaba, gesticulaba con pies y manos. Bajo su pincel mágico  - también solía mojar sus largos cabellos en la tinta, a manera de pincel -  las figuras surgían, montañas, árboles, rocas, nubes, unas resplandecientes, otras etérias, como por arte de magia, como si hubieran sido una emanación directa de la misma creación. El cuadro acabado era siempre tan perfectamente natural, que daba la impresión de no haber ni rastro de tinta. Cuando el pintor murió, su urna era liviana, como vacía; dicen que su cuerpo se había transformado en nube. 

Kuo Hsi era el caso del artísta disciplinado, tan disciplinado que "mencionaba a menudo el pavor que le tenía a sentarse ante su obra con ánimo distraído":

Cuando iba a pintar, solía sentarse cerca de una ventana iluminada. Ponía la mesa en orden, quemaba incienso y colocaba cuidadosamente ante él la tinta y los pinceles. Se lavaba luego las manos, como para recibir a un distinguido huésped. Permanecía silencioso largo rato, con el fin de calmar su ánimo y concentrar sus pensamientos. Sólo cuando poseía la visión exacta comenzaba a pintar. 

Y para acentuar más el contraste entre los dos tipos tenemos este parráfo de Shih-t'ao:

Según dicen, el pintor Ku K'ai-chih alcanzó antaño la triple perfección. Yo, por mi parte, alcanzo la triple locura: loco yo mismo, loco mi lenguaje y loca mi pintura. Sin embargo, busco la vía para alcanzar la verdadera locura. El pincel "desnudo" en la mano, me río mirándote. De repente, me pongo a bailar, dando gritos extravagantes. Al oír estos gritos, el cielo se abre, inmenso; en medio de la cúpula celeste, brilla la luna, perla radiante, lejana, minúscula.

Estos son otros relatos fantásticos de pintores chinos:

Chang Seng-yu, de las dinastías del Norte y del Sur, pintó en las paredes del templo An Lou de Nankín cuatro dragones gigantes. No tenían ojos. A quienes preguntaban por qué el pintor contestó: "Si les pintara los ojos a estos dragones, echarían a volar". La gente, incrédula, lo acusó de impostor. Ante su insistencia, el pintor accedió a dar una demostración. Apenas acabó de pintar los ojos de dos dragones, se oyó un trueno ensordecedor. Las paredes se resquebrajaron y los dos dragones escaparon en un vuelo vertiginoso. Cuando volvió la calma, se pudo comprobar que en las paredes sólo quedaban los dos dragones sin ojos. 

Ku K'ai-chih, el célebre pintor de los Chin, se enamoró de la joven que vivía en la casa de al lado. Pero ésta lo rechazó. Despechado, Ku pintó a la joven en la pared de su cuarto, y clavó una aguja en el lugar del corazón. La joven cayó enferma, víctima de un extraña dolencia del corazón. Sólo se curó cuando el pintor, cediendo a sus ruegos, arrancó la aguja.

Lu Leng-chia estudió pintura con Wu Tao-tzu. Se desesperaba por poder algún dia poseer el arte de su maestro. Encargado de hacer los frescos del templo Chuang-yen, intentó igualar en excelencia los que había hecho Wu en el templo Tsung-chih. Un día, Wu entró por casualidad en el templo Chuang-yen y vio los frescos de su antigu discípulo. Dio gritos de admiración mezclados de espanto: "Este pintor era muy inferior a mí; en estos frescos, me ha igualado. ¡Pero agotó en ellos toda su energía creadora!". Efectivametne, Lu murió poco tiempo después. 

Así como su contemporáneo el poeta Li Po murió ahogado al tratar de atrapar en un río el reflejo de la Luna que tantas veces había cantado, cuenta la leyenda que Wu Tao-tzy desapareció en la bruma de un paisaje que acababa de pintar. 

A partir de la dinastía Sung (960-1279), derrocada por la invasión de las hordas mongolas, la pintura china habría entrado en decadencia. Los relatos de los pintores fantásticos pasarían a formar parte de un período casi mítico. Además de los relatos maravillosos de aquella época queda este poema del pintor Wang Wei (699-759) de la dinastía T'sang, un adepto del budismo Zen:

Lluvia nueva en la montaña desierta, 
Aire nocturno lleno de frescura otoñal ...
Ramas de pinos se abren a los rayos de luna,
Un puro manantial acaricia las rocas blancas.
Rozando los lotos, pasan barcas de los pescadores;
Risas entre las cañas: regresan las lavanderas. 
Todavía en algún lugar ronda el perfume de la primavera ...
¿Por qué no te demoras tú también, noble amigo?

Gente que sabía esperar.

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