lunes, 25 de noviembre de 2013

La Belleza Medusea

¿A qué cielo nos transporta la sonrisa de esta Beatriz?

No sólo es preciso preguntarse "¿Cómo ha caído de tanta altura?", el ideal de mujer que Juan Vicente González ve en Dante y su caballería, sino además: ¿cómo pudo elevarse tan alto?.  No creo que se pueda entender la pasión de Dante por Beatriz, ni la descrita por Juan Vicente González hacia Santas y Monjas, que lejos de aburrirme o causarme gracia la encuentro muy interesante, sino es contrastándola con lo que tradicionalmente se suele considerar su opuesto. Beatriz no se podría entender sino en parte también como una contraposición o como una reacción al interés sexual por la mujer de la época de Dante. Algo más o menos comparable a lo que hace Boecio durante su presidio al evocar la imagen de una mujer que representaría la filosofía para exorcizar la de las musas.


En la mitología esas antipodas de mujeres han sido representadas por personajes como: Helena, Galatea, Cirse, Pasifae y en la religión judeo-cristiana Dalila y Salomé, personajes que a su vez han sido inumerable cantidad de veces reinterpretados por el arte en general. Un ejemplo cinematográfico, inspirado en las tradiciones africanas, es de la película Macumba.


Otra gran ejemplo es tambień el arte de Gustave Moreau. En un artículo de la Revista Horizonte [1], lo describen de la siguiente manera:

"Abrir el expediente de Moreau es expandir a los cuatro vientos el contenido de la caja de Pandora. Sus "esbeltas Salomés rutilantes de pedrerías", sus "musas portadoras de cabezas cortadas", sus "Helenas de vestiduras de mallas de oro vivo", "grandes lirios florecidos en un estercolero sangrante de cadáveres" habrán embrujado a toda una generación de jóvenes, "dolorosa y lánguida". Desde Goncourt y Joris-Karl Huysmans a Jean Lorrais y a Maurce Barrès, no faltan los testimonios literarios de la extraordinaraia irradiación de esta pintura".

"Las amplias desnudeces de sus andróginos de ojos con expresión de voluptuosidad muerta y de frío espanto - pálidas y silenciosas brujas del sueño - habrán dado a luz una posteridad perturbada y contradictoria de adolescentes difíciles, de sexualidades dudosas, de espíritus inseguros, de castidades lúbricas. Todas las incertidumbres negaticas de una époco en formación , todos sus excesos liberadores de una moral rígida, todo el agotamiento de un angustioso nuevo examen se han encarnado en el fenómeno Gustave Moreau. Se puede hablar de un hechizo, de una fascinación a la cual han cedido los espíritus más brillantes de los cuarenta años finales del siglo último".

Sansón y Dalida de Gustave Moreau

"Moreau vivió en la carne de su vida, en su obra, la condición del hombre anormal, la irregularidad física: una tendencia afectiva a la inversión  cubriendo muy débiles capacidades sexuales. Su grandeza y, al mismo tiempo, su actualidad residen en eso: haber sabido asumir esa condición en el seno de una actividad creadora sin obliterar su imaginación con una serie de transferencias desnaturalizadoras. Toda su obra se inscribe en la lógica de esa acepción lúcida. La visión de Moreay no es producto de un represión obsesiva, sino de una construcción arquitecturada, de una cosmogonía que reposa sobre una anormalidad de base. Si identifica a la Mujer a la noción del Mal, a la encarcanción del Destino negativo y de la Mueste, no es por goce sádio o mental, sino porque no puede captarla de otro modo que a través de la "la naturaleza misma de la mujer en la vida, que estúpida, no comprende siquiera el horror de las más espantosas situaciones"".


Salomé. Gustave Moreau

"Si el clima que inspiró la Solomé del Salón de 1876 se encuentra ya en uno de los libros preferidos de Moreay, Salambó, de Flaubert (aparecido en 1863), la analogía es plástica. Se trata de préstamo puramente formal, ya que -como bien lo ha visto Huysmans- era demadiado grande la diferencia entre las sensibilidades del novelista y del pintor. Las reina de Saba, en la Tentación de san Antonio, no es sino la rima lejana, pueril e insulsa, superficial y pizpireta de esta Salomé sobrehumana y extraña "deidad simbólica de la indestructible Lujuria, diosa dela inmortal Histeria ...., bestia monstruosa, indiferente, irresponsable, insensible, que emponzoña, al igual que Helena antigua, todo lo que se le aproxima, todo lo que la ve, todo lo que toca" ".

"A través del indirecto patrocinio flaubertiano y la turbia atracción de Huysman, la Salomé de Moreau entró en el gusto de la época: el discípulo de Chasseriau se convirtió de una vez por todas en el pintor de Salomés. Las sucesivas encarnaciones del mito, que en los engarces de Gustave Moreau se tornan comparables a los más ricos iconos orientales, fascinan a los héroes más negativos de la literatura decadente: Des Esseintes, Freneuse, Dorian Gray".

"Pero, en Gustave Moreau, Salomé no constituye sino una de las partes del díptico. Su visión no es ejemplo de esperanza ni de mística humanista. Leda y el Cistne y Júpiter y Semele simbolizan el encuentro entre Dios y el ser humano. Frente a la quimérica Salomé, el destructor del Mal, el representate del Bien y de lo justo adopta los rasgos del Antinoo, el andrógino, el ángel benévolo de sexo ambiguo, "una especie de san Jorge griego que, por lo demás, al igual que el santo, no posee ninguno de los signos exteriores de la fuerza". Alejandro es aplastado or su triunfo, Hércules se asemeja a Apolo y el Edipo de Moreay se convierte, para Théophile Gautier, en un "Hamlet griego": se comprende el entusiasmo del autor de Mademoisele de Maupin, en éxtasis ante El hermafrodita, "una de las más suaves creaciones del genio pagano".

"Según esta visión cosmogónica, la obra de Gustave Moreau se nos aparece como la expresión de una áscesis espiritual que desemboa en las puras alturas de la efusión panteísta. El artista asume la irregularidad de su ser hasta el fin; en vez de negar sus contradicciones y de hundirse en la confusión, efectúa su síntesis, desarrollando así íntegramente las premisas de su visión mística".

Edipo. Gustave Moreu

En este artículo literario además se habla de la posibilidad de la existencia de una especie de apoyo místico o espiritual por parte del Josephin Péladan, a la obra de Moreau. Péladan era del círculo de Eliphas Levi, aunque al parecer aun más de extravagante y contradictorio, de allí que no me entusiasme mucho esa tésis.

En literatura, en cuanto a lo poco que realmente conozco esta el relato de Salomé de Oscar Wilde: Salomé de enamora de San Juan Bautista, al que se le llama Jokanaán, nombre que al parecer sería más fiel a su pronunciación y traducción al  hebreo, y besa los labios de su cabeza muerta y decapitada. Esta relación amorosa entre una mujer mundana o libertina y un hombre santo, recuerda hasta cierto punto la relación verdaderamente sagrada que existía entre el profeta Oseas y la prostituta Gómer, por instigación del mismo Jehova, uno de los muchos casos de su ambivalencia, como lo era también la orden a Abraham de sacrificar a Isaac:


Ve y cásate con una prostituta,
y ten hijos con ella,
porque los israelitas me abandonaron,
y se comportaron como las prostitutas

(Oseas, c1, v.2) 


Carl G. Jung, esta entre aquellos que han analizado, con más o menos profundidad esta historia o alegoría biblíca, hizo numeros referencia a ella en sus escritos, entre ellos en "Recuerdos, Sueños y Pensamientos". Otra historia o leyenda  de amor entre una prostituta y un santo, al menos en su criterio o el de sus seguidores, fue la del samaritano Simón el Mago con la que creyó era la encarnación de Helena, esto lo relata Eliphas Levi a su modo (desde un punto de vista supuestamente católico, supuestamente mágico, sin dar referencias y pretendiendo moralizar), en su "Historia de la Magia". 

En el relato de Wilde hay también múltiples alusiones al "Cantar de los Catares":


"¡Pero tú, tú eras hermoso! Tu cuerpo era una columna de marfil colocada sobre un basamento de plata. Era un jardín lleno de palomas y de lirios de plata. Eras una torre de plata recubierta de escudos de marfil. No había nada en elmundo tan blanco como tu cuerpo. No había nada en el mundo tan rojo como tu boca. Tu voz era un incensario que esparcía extraños perfumes, y cuando te miraba, yo oía una música extraña. ¡Ah! ¿Por qué no me miraste, Jokanaán? Detrás de tus manos y de tus maldiciones escondiste tu rostro. Pusiste sobre tus ojos la venda del que desea ver a Dios. Bien, tú has visto a tu Dios, Jokanaán, pero a mí, a mí, nunca me has visto. Si me hubieras visto, me hubieras amado. Yo, yo te vi, Jokanaán, y te amé. ¡Oh, cómo te amé! ¡Todavía te amo, Jokanaán, te amo a ti solamente...! ¡Estoy sedienta de tu belleza; estoy hambrienta de tu cuerpo; y ni el vino ni la fruta pueden apaciguar mi deseo! ¿Qué haré ahora, Jokanaán? Ni las corrientes ni las grandes aguas pueden extinguir mi pasión. Yo era una princesa, y tú me despreciaste. Yo era virgen, y me quitaste la virginidad. Yo era casta, y tú llenaste mis venas de fuego... ¡Ah! ¡Ah! ¿Por qué no me miraste, Jokanaán? Si me hubieras mirado me hubieras amado. Sé bien que me hubieras amado, y el misterio del amor es mayor que el misterio de la muerte. El amor es lo único que cuenta"


Guardando con mucho las distancias, se puede decir que la decapitación de San Juan Bautista es como una inversión o compensación al mito de Perseo, en donde es el héroe el que decapita al "monstruo" femenino, Medusa.

Escribo esto no tanto porque me identifique con este tipo de arte, cuya fascinación sin embargo debo reconocer, sino porque creo que es un perspectiva necesaria ante la visión artística de Juan Vicente González, que presiento obsesiva o muy constrigente, aunque desconozca la mayor parte o la totalidad de las referencias utilizadas para apoyarla. Al igual como desconozco parte de las referencias utilizadas en esta crítica de Gustave Moreau.


La Cabeza de Medusa. Un cuadro anónimo, aunque atribuidos por algunos a Leonardo Da Vinci

[1] Revista Horizonte. Editorial Plaza & Janés Número 13. Noviembre - Diciembre de 1970. "El maravilloso y desconocido Gustave Moreay. Pierre Restay. pags. 17-29. Las imágenes del artículo le hacen mucho más justicia que las mías.

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