lunes, 25 de noviembre de 2013

La Belleza Medusea

¿A qué cielo nos transporta la sonrisa de esta Beatriz?

No sólo es preciso preguntarse "¿Cómo ha caído de tanta altura?", el ideal de mujer que Juan Vicente González ve en Dante y su caballería, sino además: ¿cómo pudo elevarse tan alto?.  No creo que se pueda entender la pasión de Dante por Beatriz, ni la descrita por Juan Vicente González hacia Santas y Monjas, que lejos de aburrirme o causarme gracia la encuentro muy interesante, sino es contrastándola con lo que tradicionalmente se suele considerar su opuesto. Beatriz no se podría entender sino en parte también como una contraposición o como una reacción al interés sexual por la mujer de la época de Dante. Algo más o menos comparable a lo que hace Boecio durante su presidio al evocar la imagen de una mujer que representaría la filosofía para exorcizar la de las musas.


En la mitología esas antipodas de mujeres han sido representadas por personajes como: Helena, Galatea, Cirse, Pasifae y en la religión judeo-cristiana Dalila y Salomé, personajes que a su vez han sido inumerable cantidad de veces reinterpretados por el arte en general. Un ejemplo cinematográfico, inspirado en las tradiciones africanas, es de la película Macumba.


Otra gran ejemplo es tambień el arte de Gustave Moreau. En un artículo de la Revista Horizonte [1], lo describen de la siguiente manera:

"Abrir el expediente de Moreau es expandir a los cuatro vientos el contenido de la caja de Pandora. Sus "esbeltas Salomés rutilantes de pedrerías", sus "musas portadoras de cabezas cortadas", sus "Helenas de vestiduras de mallas de oro vivo", "grandes lirios florecidos en un estercolero sangrante de cadáveres" habrán embrujado a toda una generación de jóvenes, "dolorosa y lánguida". Desde Goncourt y Joris-Karl Huysmans a Jean Lorrais y a Maurce Barrès, no faltan los testimonios literarios de la extraordinaraia irradiación de esta pintura".

"Las amplias desnudeces de sus andróginos de ojos con expresión de voluptuosidad muerta y de frío espanto - pálidas y silenciosas brujas del sueño - habrán dado a luz una posteridad perturbada y contradictoria de adolescentes difíciles, de sexualidades dudosas, de espíritus inseguros, de castidades lúbricas. Todas las incertidumbres negaticas de una époco en formación , todos sus excesos liberadores de una moral rígida, todo el agotamiento de un angustioso nuevo examen se han encarnado en el fenómeno Gustave Moreau. Se puede hablar de un hechizo, de una fascinación a la cual han cedido los espíritus más brillantes de los cuarenta años finales del siglo último".

Sansón y Dalida de Gustave Moreau

"Moreau vivió en la carne de su vida, en su obra, la condición del hombre anormal, la irregularidad física: una tendencia afectiva a la inversión  cubriendo muy débiles capacidades sexuales. Su grandeza y, al mismo tiempo, su actualidad residen en eso: haber sabido asumir esa condición en el seno de una actividad creadora sin obliterar su imaginación con una serie de transferencias desnaturalizadoras. Toda su obra se inscribe en la lógica de esa acepción lúcida. La visión de Moreay no es producto de un represión obsesiva, sino de una construcción arquitecturada, de una cosmogonía que reposa sobre una anormalidad de base. Si identifica a la Mujer a la noción del Mal, a la encarcanción del Destino negativo y de la Mueste, no es por goce sádio o mental, sino porque no puede captarla de otro modo que a través de la "la naturaleza misma de la mujer en la vida, que estúpida, no comprende siquiera el horror de las más espantosas situaciones"".


Salomé. Gustave Moreau

"Si el clima que inspiró la Solomé del Salón de 1876 se encuentra ya en uno de los libros preferidos de Moreay, Salambó, de Flaubert (aparecido en 1863), la analogía es plástica. Se trata de préstamo puramente formal, ya que -como bien lo ha visto Huysmans- era demadiado grande la diferencia entre las sensibilidades del novelista y del pintor. Las reina de Saba, en la Tentación de san Antonio, no es sino la rima lejana, pueril e insulsa, superficial y pizpireta de esta Salomé sobrehumana y extraña "deidad simbólica de la indestructible Lujuria, diosa dela inmortal Histeria ...., bestia monstruosa, indiferente, irresponsable, insensible, que emponzoña, al igual que Helena antigua, todo lo que se le aproxima, todo lo que la ve, todo lo que toca" ".

"A través del indirecto patrocinio flaubertiano y la turbia atracción de Huysman, la Salomé de Moreau entró en el gusto de la época: el discípulo de Chasseriau se convirtió de una vez por todas en el pintor de Salomés. Las sucesivas encarnaciones del mito, que en los engarces de Gustave Moreau se tornan comparables a los más ricos iconos orientales, fascinan a los héroes más negativos de la literatura decadente: Des Esseintes, Freneuse, Dorian Gray".

"Pero, en Gustave Moreau, Salomé no constituye sino una de las partes del díptico. Su visión no es ejemplo de esperanza ni de mística humanista. Leda y el Cistne y Júpiter y Semele simbolizan el encuentro entre Dios y el ser humano. Frente a la quimérica Salomé, el destructor del Mal, el representate del Bien y de lo justo adopta los rasgos del Antinoo, el andrógino, el ángel benévolo de sexo ambiguo, "una especie de san Jorge griego que, por lo demás, al igual que el santo, no posee ninguno de los signos exteriores de la fuerza". Alejandro es aplastado or su triunfo, Hércules se asemeja a Apolo y el Edipo de Moreay se convierte, para Théophile Gautier, en un "Hamlet griego": se comprende el entusiasmo del autor de Mademoisele de Maupin, en éxtasis ante El hermafrodita, "una de las más suaves creaciones del genio pagano".

"Según esta visión cosmogónica, la obra de Gustave Moreau se nos aparece como la expresión de una áscesis espiritual que desemboa en las puras alturas de la efusión panteísta. El artista asume la irregularidad de su ser hasta el fin; en vez de negar sus contradicciones y de hundirse en la confusión, efectúa su síntesis, desarrollando así íntegramente las premisas de su visión mística".

Edipo. Gustave Moreu

En este artículo literario además se habla de la posibilidad de la existencia de una especie de apoyo místico o espiritual por parte del Josephin Péladan, a la obra de Moreau. Péladan era del círculo de Eliphas Levi, aunque al parecer aun más de extravagante y contradictorio, de allí que no me entusiasme mucho esa tésis.

En literatura, en cuanto a lo poco que realmente conozco esta el relato de Salomé de Oscar Wilde: Salomé de enamora de San Juan Bautista, al que se le llama Jokanaán, nombre que al parecer sería más fiel a su pronunciación y traducción al  hebreo, y besa los labios de su cabeza muerta y decapitada. Esta relación amorosa entre una mujer mundana o libertina y un hombre santo, recuerda hasta cierto punto la relación verdaderamente sagrada que existía entre el profeta Oseas y la prostituta Gómer, por instigación del mismo Jehova, uno de los muchos casos de su ambivalencia, como lo era también la orden a Abraham de sacrificar a Isaac:


Ve y cásate con una prostituta,
y ten hijos con ella,
porque los israelitas me abandonaron,
y se comportaron como las prostitutas

(Oseas, c1, v.2) 


Carl G. Jung, esta entre aquellos que han analizado, con más o menos profundidad esta historia o alegoría biblíca, hizo numeros referencia a ella en sus escritos, entre ellos en "Recuerdos, Sueños y Pensamientos". Otra historia o leyenda  de amor entre una prostituta y un santo, al menos en su criterio o el de sus seguidores, fue la del samaritano Simón el Mago con la que creyó era la encarnación de Helena, esto lo relata Eliphas Levi a su modo (desde un punto de vista supuestamente católico, supuestamente mágico, sin dar referencias y pretendiendo moralizar), en su "Historia de la Magia". 

En el relato de Wilde hay también múltiples alusiones al "Cantar de los Catares":


"¡Pero tú, tú eras hermoso! Tu cuerpo era una columna de marfil colocada sobre un basamento de plata. Era un jardín lleno de palomas y de lirios de plata. Eras una torre de plata recubierta de escudos de marfil. No había nada en elmundo tan blanco como tu cuerpo. No había nada en el mundo tan rojo como tu boca. Tu voz era un incensario que esparcía extraños perfumes, y cuando te miraba, yo oía una música extraña. ¡Ah! ¿Por qué no me miraste, Jokanaán? Detrás de tus manos y de tus maldiciones escondiste tu rostro. Pusiste sobre tus ojos la venda del que desea ver a Dios. Bien, tú has visto a tu Dios, Jokanaán, pero a mí, a mí, nunca me has visto. Si me hubieras visto, me hubieras amado. Yo, yo te vi, Jokanaán, y te amé. ¡Oh, cómo te amé! ¡Todavía te amo, Jokanaán, te amo a ti solamente...! ¡Estoy sedienta de tu belleza; estoy hambrienta de tu cuerpo; y ni el vino ni la fruta pueden apaciguar mi deseo! ¿Qué haré ahora, Jokanaán? Ni las corrientes ni las grandes aguas pueden extinguir mi pasión. Yo era una princesa, y tú me despreciaste. Yo era virgen, y me quitaste la virginidad. Yo era casta, y tú llenaste mis venas de fuego... ¡Ah! ¡Ah! ¿Por qué no me miraste, Jokanaán? Si me hubieras mirado me hubieras amado. Sé bien que me hubieras amado, y el misterio del amor es mayor que el misterio de la muerte. El amor es lo único que cuenta"


Guardando con mucho las distancias, se puede decir que la decapitación de San Juan Bautista es como una inversión o compensación al mito de Perseo, en donde es el héroe el que decapita al "monstruo" femenino, Medusa.

Escribo esto no tanto porque me identifique con este tipo de arte, cuya fascinación sin embargo debo reconocer, sino porque creo que es un perspectiva necesaria ante la visión artística de Juan Vicente González, que presiento obsesiva o muy constrigente, aunque desconozca la mayor parte o la totalidad de las referencias utilizadas para apoyarla. Al igual como desconozco parte de las referencias utilizadas en esta crítica de Gustave Moreau.


La Cabeza de Medusa. Un cuadro anónimo, aunque atribuidos por algunos a Leonardo Da Vinci

[1] Revista Horizonte. Editorial Plaza & Janés Número 13. Noviembre - Diciembre de 1970. "El maravilloso y desconocido Gustave Moreay. Pierre Restay. pags. 17-29. Las imágenes del artículo le hacen mucho más justicia que las mías.

sábado, 23 de noviembre de 2013

La Caballería de la Edad Media

Juan Vicente González

Me he enterado algo tarde de la Obra de Juan Vicente González (1810-1866). Este venezolano del convulsivo siglo XIX de la historia de Venezuela tuvo una vastedad cultural bastante impresionante para la época, en una Venezuela plagada de desórdenes y aun arruinada por la Guerra de Independencia. No es de extrañar que dada su cultura fuese más bien de una tendencia "conservadora", las bajas pasiones y la rapiña de esos tiempos no estaban a su altura. Sin embargo era este un hombre profundamente apasionado e idealista, que para nada merecería ese título de conservador. Hay algo en la formación de González que además casi roza lo místico. ¿Acaso porque "bebió de las fuente de la masoneria", como se dice en la página de la masonería venezolana? De allí tome el adjetivo de "conservador". Pero en los escritos masonicos que he leído, más que de místico, lo que he visto, casi siempre, es un fárrago de erudicción con referencias y alusiones extrañas. Me han decepcionado, este no seria el caso de Vicente González, aunque me avergonzaría confesar a quien me recuerda un podo su estilo.

Entre los escritos de Vicente González figura el "Manual de Historia Universal", la cual escribió durante su presidio en la Rotunda, algo admirable. Solo dispongo de una antología de ese libro en mi biblioteca personal. Transcribiré a continuación los capítulos XCII y XCIII, titulado justamente "Poemas Caballerescos de la Edad Media", además del LXXVI que los complementa bastante bien.

Poemas Caballerescos de la Edad Media

"La verdad es la raíz de toda poesía, dice Villemain. Nada inventa de una manera absoluta el espirítu humano, aún combinando las fabúlas más quiméricas y es con despojos de verdades que hace una ficción. Así, pues, algún grande acontecimiento, algún espectáculo extraordinario había agitado la imaginación de los hombres para llevarla al sueño de la caballería, que llegó a ser el pensamiento común en una parte de la Europa"


Es a Carlomagno y Rolando, a la guerra con los infieles, que debe referirse la primera influencia de la epopeya caballeresca. Suponeos a Carlomagno con todo lo que reunía de majestuoso, inesperado y brillante, sus grandes empresas, su viaje a Roma, su coronación misteriosa, sus guerras de Alemania y de España, sus combates con los moros y los sarracenos. 


Carlo Magno



Figuraos después la magnificencia de sus fiestas, sus torneos, la corte suntuosa  de Aquisgrán, que pareció una maravilla a la Europa bárbara; al príncipe mismo, cual nos lo presentan el arzobispo Turpín [1] y la crónica de San Dionisio; y comprenderéis cómo convirtió la imaginación a Carlomagno y a sus pares en el primer tipo de esos caballeros, cuya fuerza sobrenatural era una magia. 

La ignorancia ayudaba a la poesía; se hacían historias maravillosas en que el héroe llegaba a pié desde la Tierra Santa a Irlanda. La impresión sorprendente que hizo en los espíritus el poder extraordinario de Carlomagno, sus victorias, sus viajes perpetuos, que le representaban a un tiempo en las extremidades de su vasto imperio, los prepararon sin duda a comprender y gustar las ficciones caballerescas. 

Mil elementos venían a mezclarse a éste. Mientras de las colinas de Gales y Bretaña destilaban tradiciones célticas, los comtes de Suabia y Alsacia derramaban por la Ostrasia una onda de los Niebelungen; y el lejano Oriente, abierto por las Cruzadas, corría hacia la Europa, en fábulas, cuentos y parábolas, llenas de maravillosa poesía. 

El romance más antiguo de caballería, La leyenda del viaje de Carlomagno, por Turpín, es un testimonio de que Carlomagno fué el tipo de la caballería. Todo es gigantesco en esta relación. Orlando abandonado rompe su espada para que no caiga en manos de los enemigos de la fé. Desde su Calvario pirenáico, él grita y alienta el cuerno, que se oye desde Tolosa hasta Zaragoza. Si él muere, no será por el hierro sarraceno; redobla el aliento acusador, las venas de su cuello se rompen, corre su sangre y muere en indignación por el injusto abandono de los suyos. La Francia, representada en su guerrero, expira en el paso solemne de la montaña, que no pasará nunca impunemente [2]. 

Muerte de Orlando


Bien pronto los recuerdos mismos de la historia antigua, algunos grandes nombres griegos o romanos que habían sobrenadado en la imaginación enferma de la edad media, fueron objetos de romances de caballería. Fué la suerte de Alejandro: dos poetas del siglo XII celebran al héroe macedonio en un poema lleno de torneos, hadas y de alusiones a Felipe Augusto [3].

Pero el Occidente no adopta a Alejandro y César, sino haciéndolos occidentales [4]:  Alejandro es un paladín y Aristóteles, convertido en mágico, lo conduce a través del aire y del océano; los Macedonios y los Troyanos son abuelos de los franceses; los sajones descienden de los soldados de César, los bretones de Bruto. La poesía entrevé en su divina presencia el parentesco de los pueblos indo-germánicos, que la ciencia debía demostrar en nuestros días. 

Los normandos son un nuevo origen de poesía caballeresca: levántanse tras ellos multitud de ficciones y poemas sin otro genio que una inventiva llena de audacia; es la caballería de la Tabla Redonda. El primer modelo es el autor del romance [5] Bruto, que escribió hacia 1155, y que cuenta la historia fabulosa de los primeros reyes de Inglaterra, subiendo hasta Brutt, hijo de Ascanio y nieto de Eneas [6] .

Este Brutt hace largos viajes, encuentra islas encantadas, palacios maravillosos, y por fin va a Inglaterra donde estrablece su familia, que reina gloriosamente. Figura allí el céltico Artur, no bárbaro como los Sajones que le vencieron, sino purificado por la caballería, como su reina Ginebra y sus doce paladines alrededor de la tabla redonda.

 ¿A qué sirven esas formas religiosas, esas iniciaciones, esa mesa de los doce, esos ágapes caballerescos, a imagen de la Cena? Se trató de transfigurar y corregir la poesía mundana y llevar a la penitencia esos santos amantes, que se iban a la ventura, débiles y agitados tras la idea heroica de la mujer. Erigióse otra caballería al lado de la caballería profana.

Se le permiten guerras y aventuras; se le deja a Artur y sus valientes, pero corregidos. La nueva poesía los encamina, peregrinos devotos, al misterioso templo en que se guarda el tesoro sagrado, que no es la mujer, ni la copa profana de Dschmschild [7], sino la casta copa de Josef y de Salomón, en que Nuestro Señor celebró la Cena, en que Josef de Arimatea recogió su preciosa sangre.

La simple vista de esta copa o grial, prolonga la vida de Titurel, durante quinientos años. Los guardianes de la copa y del templo debían permanecer puros. Ni Artur ni Parceval fueron dignos de tocarla. Treinta y cuatro días estuvo casi sin vida el enamorado Lancelote, por haberse acercado a ella.

La nueva caballería del Santo Grial, que sólo podían confundir sacerdotes, colocó tan alto su ideal, que se hizo esteril e impotente. Cada día más sofística y sutil, vino a ser la hermana de la escolástica, escolástica de amor y de devoción. En el mediodía, donde los ingleses la esparcieron en poemas pequeños para el uso de las cortes y los castillos, extinguiéndose en el refinamiento de las formas y las cadenas de una versificación artificial y laboriosa.

En el norte, ella cayó de la epopeya en el romance, del símbolo en la alegoría, hasta que decrépita, fué a gesticular, durante el siglo XIV en las tristes imitaciones del triste romance de la Rose, mientras se elevaba poco a poco la voz de la mofa pública en cuentos y fabliaux.

La poesía caballeresca murió pronto, porque desarrolló poco a sus héroes conservándolos niños, como la madre imprevista de Perceval, que prolongó para su hijo la imbecibilidad de los primeros años. Dándoles una perfeccioón fantástica, dejaron de interesar como hombres. Si Gerardo de Rosellón [8] deja la caballería para hacerse carbonero, Reinaldo de Montalbán, se hace albañil, y lleva piedras sobre sus hombres para ayudar a la construcción de la catedral de Colonia [9]. 

Otra generación de caballeros hizo nacer el grande hombre de la España, el Cid. Las hazañas de este hombre al fin del siglo XI; los combates personales en el sitio de Toledo; las diversas costumbres, usos, armas; tantos hombres del norte y mediodía, que corren a servir bajo la bandera del Cid; su gloria que predomina toda gloria; su vida llena de aventuras y peligros; su generosidad; todo esto reproducido en cantos populares, debió dar nacimiento a un nuevo orden de poemas caballerescos. 

Los Amadís, cuyo carácter acusa una influencia griega, son ficciones sutiles, pero graciosas, que divirtieron la edad media, cuyo autor inmediato es desconocido, y que muchas naciones se disputan.
 


________________ 


La caballería fué un acontecimiento real de la historia, el producto natural de las costumbres feudales, costumbres sencillas, formadas por una mezcla inconcebible de ferocidad y ternura: ella no fué una institución. Costumbres, vestidos, usos de la vida, las aventuras mismas, en lo que tienen de natural y humano, son la expresión fiel del tiempo. 

¿Qué es la caballería? Es la vida de la Edad Media en acción; es la guardia de honor del feudalismo. No podría concebirse la duración de la vida feudal sin el cortejo de guerreros que la sostienen, sin sus pasiones, su puntillo de honor, y el entusiasmo que la animan y embellecen. 

Por eso, queriendo establecer Mr. de Saint-Palaye los caracteres de la caballería, que él considera como una institución militar y religiosa, los ha incluido, y con razón, en los poemas de la edad media, ya que sus autores mezclaron con las ficciones más extravagantes la imitación fiel de cuanto se hallaba inscrito en el ritual de los caballeros. 

¿Cuál era la vida de un caballero, según estos testimonios? Cuando un niño tenía la dicha de haber nacido gentil-hombre, y de ser vivo y alegre, se le sacaba a los siete años de las manos de las mujeres, para que corriera y se ejercitase, sin más ocupaciones que el salto y la lucha. Llamábase damisel, valet o paje.

 Alejábanle casi siempre de la casa paterna, colocándole en casa de algún alto barón o señor vecino. Servía al amo, con más frecuencia a la dama del castillo, seguía su hacanea, y llevaba sus cartas, cuando ésta sabía escribir. 

Hacía al mismo tiempo el aprendizaje de la caza y de la guerra, lanzaba y llamaba el halcón, manejaba la lanza y la espada, se endurecía en la fatiga, y oía sobre todo hablar incesantemente de hazañas de guerra. La sala del castillo era una escuela en que se reunían escuderon y caballeros, y en que se formaban los pajes, oyendo hablar, según Froissard, de hechos de armas y de amor. 

Cuando llegaba a los catorce años, se le hacía escudero: había muchas ordenes de escuderos, escuderos de cuerpo o de honor; el que seguía a caballo el séquito del caballero y la castellana; escudero trinchante; copero: formas de domesticidad, que eran títulos y grados de honor. 

Al hacerse escudero, el joven era presentado al altar; comenzaba aquí la intervención de las ceremonias religiosas, renovadas frecuentemente después porque la caballería era la reunión de las dos cosas que ocupaban la edad media, la religión y la guerra. 

Una vez escudero, el joven continuaba formándose por la conversación y la acción, hasta hacerse arquero u hombre de armas; época en que la educación militar se le aplicaba rigurosamente y en que hacía prodigios superiores en la gimnástica de los antiguos. Bajo el peso de su arnés, debía lanzarse, salvar fosos, escalar murallas. 

A los veintiún años se le hacía caballero: en las ideas del tiempo, mezcla de libertad salvaje y de devoción austera, semejante ceremonia era una iniciación. Velábanse en la iglesia muchas noches las armas. El aspirante era conducido al altar por su padres o por sus padrinos, que llevaban cirios. Celebrada la misa, el sacerdote tomaba sobre el altar la espada y el cinturón y ceñía al caballero. 

Precedían a esto multitud de ceremonias simbólicas, el baño, vestidos de lino blanco, la confesión con frecuencia pública, la comunión, el juramento, que expresaba todos los sacrificios y virtudes impuestos al caballero: "Yo juro, decía, sostener el derecho de los débiles, esto es, de las viudas, huérfanos y doncellas, en buena lid". 

Se le llevaba en fin un caballo de batalla a la puesta de la capilla, y el joven iniciado, loco de contento, volaba armado sobre él, le hacía girar vivamente, reconociendo todos a un buen cristiano y aun excelente caballero [10].  

El respeto y temor de las cosas divinas, impresos de este modo en almas guerreras y feroces, fueron un verdadero freno, el único a que hubieran podido someterse [11] . Nacieron de esta iniciación máximas bienhechoras y benéficas. Fué un crimen la ofensa al débil o al inerme; protegerlos, un deber de caballeros, y como ninguna policía, ninguna magistratura velaba en Europa, por la seguridad pública, fué por este medio que en el seno mismo de la anarquía, se levantó una fuerza poderosa y eficaz. 

La caballería era un sacerdocio generoso; el traje que el aspirante vestía, la víspera o antevíspera de su admisión, debía ser rojo, designación simbólica del papel que se le reservaba en el mundo; y esta ropa emblemática, él la tomaba al salir del baño, porque era necesario estar puro para sacrificarse. De aquí esas tradiciones de generosidad seguidas tan religiosamente; y esa protección errante concedida tan largo tiempo a la desgracia. 

El influjo de la caballería en la edad media fué prodigioso: ella constituyó la fuerza de los reyes y la independencia de los varones; ella mantuvo el grande edificio del feudalismo, soportado por el pueblo. Aún en el campo de batalla guardaba la caballería las preocupaciones de su noviciado con una fuerza inconcebible. 

Y, en un combate memorable, en que pobres paisanos, revueltos, se presentaron con enormes palos y almocafres , brillantes escuadrones de caballeros, erizados de hierro, prefirieron morir sin defenderse, a sacar la espada contra villanos desarmados. 

 Debo añadir que la caballería estaba íntimamente enlazada con las cruzadas. Mientras el feudalismo y la política desarrollaban naturalmente la caballería, abríale ancho campo la guerra santa de Oriente, estas lejanas  y maravillosas regiones que dejaban soñarlo todo a la imaginación. 

Esas conquistas de reinos y de imperios que llevan las leyendas de las edad media, era la realidad misma, sorprendida en los acontecimientos [12]; era el marqués de Montforrato, que llegaba a ser rey de Tesalónica [13]; era Balduino hecho emperador de Constantinopla. 

Terminaré diciendo que si bien eran groseras las costumbres y el hábito de las guerras privadas conservaba en delirio las pasiones brutales de la edad media, la mujer aparece en esos tiempos protegida con pasión, honrada, como un ser superior, poderosa por su debilidad. 

¡Cuán raro que esta soberanía pacífica, sonreída, preciosa por frágil, dominase el imperio violento de la espada! Si bien nació d ela filosofía cristiana el culto poético de la mujer, es una gloria para la caballería haberlo proclamado en el mundo. La vaballería se muestra, pues, en la historia, apoyada en los tres grandes poderes que hacen vivir las sociedades: la fe, la consagración y el amor. 

_____________________________   


La caída del hombre fué la grandeza de la mujer. Sin la desgracia de Abelardo, Eloísa habría quedado en el olvido. Cuando su dolorosa separación, él la hizo tomar el velo y le construyó el Paracleto, de que fué abadesa y donde estableció una grande escuela de teología, de griego y de hebreo;  monasterios se elevaron bajo sus leyes a su alrededor, y pocos años después de la muerte de Abelardo, el Papa la declaró jefe de la orden. 

Al tomar el velo Eloísa pronunció estos versos de Cornelia en Lucano: "Oh el mayor de los hombres, esposo mío, digno de más nombre himeneo! ¿Con que la insolente fortuna pudo algo contra tu ilustre frente? El crimen fué mio: te desposó para tu ruina, pero lo expiaré al menos; acepta mi inmolación! Oh maxime conjux ..... "
 
 De Eloísa data la restauración de la mujer. Esclava en el Oriente, encerrada en el gineceo griego, emancipada por la jurisprudencia imperial, la nueva religión habíala reconocido como igual al hombre. Sin embargo, libre apenas el Cristianismo de la sensualidad pagana, temió a la mujer y desconfió de ella [14]. 

Cuando Gregorio VII quiso libertar al clero de la mujer y de la tierra, hubo nuevo desencadenamiento contra esta peligrosa Eva, cuya seducción perdió a Adán y que le persigue en sus hijos. Un movimiento contrario empezó en el siglo XII. El libre misticismo emprendió realzar lo que el siglo X había arrastrado en el lodo. 

Un bretón, Roberto de Arbrissel , llenó esta misión de amor, reabriendo a las mujeres el seno de Cristo y fundando asilos para su debilidad, el de Fontevrault, objeto de emulación para toda la cristiandad; Fontevrault, a orillas de Loire, junto al sitio donde debía colocarse la tumba de Ana de Sorel al que legó su corazón Ricardo Corazón de León, esperando que ese corazón vengativo y parricida encontraría reposo bajo la dulce mano de la mujer y la súplica de las vírgenes. 

 La caridad de Roberto se dirigía con preferencia a los grandes pecadores; él enseñaba en las más odiosas mansiones la clemencia de Dios y su misericordia infinita; y ni las burlas amargas de sus enemigos, ni aún los desórdenes a que daba lugar la reunión de sus discípulos, detenía al caritativo bretón, que lo cubría todo con el manto de la gracia. 

Las mujeres de la edad media, no fueron indignas del respeto entusiasta de que las rodeó la época caballeresca. En los siglos anteriores, en la silenciosa oscuridad de las edades bárgaras y monásticas, ellas se habían elevado poco a poco a la alta prefección moral que sorprendió al mundo de repente. 

Esta larga educación de la mujer puede expresarse en una palabra: la imitación de la Virgen.  Unica esperanza en medio de la servidumbre y de los años más tristes qeu ha atravesado el mundo, ella apareció enjugando sus lágrimas, señalándoles el cielo, acariciando a los desnudos niños que balbuceaban su nombre. La edad media representó su celestial vida en leyendas llenas de poesía y en cuadros sencillos e inspirados. 

El culto de María rehabilitó a la mujer. Los hombres aprendieron, amándola, esta ignorancia feliz, este instinto que llamamos pudor, y se formó la blanca virtud de la modestia, que el mundo llama honor, y que es la corona de azucenas que adorna y perfuma la frente cándida de la mujer. Los primeros siglos de la edad media imitaron a María, humilde y dócil bajo la enseñanza de su madre, o yendo a buscar a su hijo al templo, y escuchándolo entre los doctores. 

Los siglos XII y XIII simbolizan a María honrada por sus discípulos y triunfante en el cielo. Es a un tiempo el cántico del mundo en alabanza de la madre de Dios, y el entusiasmo por la mujer, cuando el poeta teólogo la confunde con la belleza, y el minnesinger de Alemania la ve "sobre un trono, doce estrellas por corona y la cabeza del hombre por pedestal". 

El ideal que debió imitarse en la madre del Salvador, no fué tanto la madre como la virgen. Las virgenes; se las adornó con todas las gracias morales, pero ¿cómo engalanar dignamente a las esposas de Dios?

Ya bajo la disciplican de Orígenes y San Cesáreo de Arles, las religiosas se empleaban en copiar los libros santos; ellas leían las tiernas historias de Ruth y de Ester, y contemplaban en el Nuevo Testamento el alto ideal de la Virgen, cuya imitación debía ser la regla de su vida. 

Buscando la santidad hallaban la ciencia. Los monasterios se convirtieron en escuelas, y las religiosas excedieron a los doctores. De todas partes se corría al convento de Nivelle a consultar a Santa Gertrudis sobre el sentido de las alegorías de la Biblia. Hombres y mujeres escuchaban con respeto las lecciones de Santa Betilla en el monasterio de Chelles.

Las religiosas no se contentaron con comentar; ellas inventaron. Hroswitha  (la blanca rosa de Sajonia) compondrá dramas, si audaces en el fondo, castos en la forma. 

La epoca entusiasta de la primera cruzada no se contentó con igualar la mujer con el hombre; sino que la hizo superior. La abadía de Fontevrault reunía dos comunidades, una de hombres, otra de mujeres, todas bajo la autoridad de una misma abadesa. Petronila de Chemillé fué la primera. 

Fontevrault fué la caballería en la vida monástica: su fundación fué la época del advenimiento de la mujer, cuando comenzó a reinar en los castillos y en las cortes de amor. El hombre pareció abdicar y hallarse feliz, deponiendo en manos amadas la inquieta voluntad humana. 

Y en efecto, la mujer comenzó a reinar sobre la tierra. Bertrada de Monfort, gobierna a un tiempo a su esposo Foulques de Anjou, y a Felipe I, rey de Francia.  Luis VII data sus actos de la coronación de su esposa Adela. Las mujeres , jueces naturales en los combates místicos y cortes de amor, alternan como jueces al lado de sus maridos en los negocios serios; y el rey de Francia reconoce expresamente ese derecho. Alice de Montmorency conducirá un ejército en auxilio de su esposo, el famoso Simón de Monfort. 

Excluídas de las sucesiones por la barbarie feudal, a la primera mitad del siglo XII, adquieren ese derecho en Inglaterra, Aragón, Jerusalén, Borgoña, Flandes, Hainaut, Vermandois, Aquitania, Provenza. La rápida extinción de los varones, el endulzamiento de las costumbres y el progreso de la equidad, abren la herencia a las mujeres, que llevan consigo la soberanía a casas extranjeras, mezclando el mundo, acelerando la aglomeración de los Estados, y preparando la centralización de las grandes monarquías. 

Yo no trataré de exponer los grados enq ue desenvolvieron el ideal de la mujer los caballeros y doctores, los poetas y místicos de la edad media [15]. Dante ha marcado el término a que lleva esta poesía metafísica, cuando conducido por Beatriz del purgatorio al paraíso, e iniciado por ella de círculo en círculo, la ve perderse y confundirse en el seno de la belleza eterna. 

Tres pasajes señalan admiradamente estra progresión. En el primero, Dante está tan preocupado con su guía, que no puede ver más alto. "Ella me condujo alumbrándome con una dulce sonrisa, y dijo: vuélvete, escuha ... No creas que el paraíso esté únicamente en mis ojos". 

Cuando llegan a un círculo más elevado, Beatriz se transfigura, y el terror acompaña al encanto: "ella no reía ..... Si yo riese, dijo ella, te sucedería lo que a Semele, que cayó convertida en ceniza. Mi hermosura resplandece a medida que subimos las gradas del palacio eterno; yo la templo para tí ..."

Cuando cruzamos los últimos círculos, la iniciación concluye, ella le dice: "¡Pues bien! es tiempo, abre los ojos y mira. Tales cosas has visto, que estás bastante fuerte para resistir mi sonrisa". Tal es la extaña altura en que sobre las alas de las poesía mística y caballeresca, se eleva la mujer en la edad media ... Pero ella desaparece aquí. Dante la busca con ojo inquieto, y apenas tiene el paraíso conque consolar su corazón. ¿Cómo ha caído de tanta altura?
       

 
[1] Otro personaje legendario del ciclo carolingio (paladines, Carlomagno, Roldán, etc.)

[2] Nunca a Francia le fue bien tratando de invadir o de conquistar a España. Lo contrario también es cierto.

[3] Evidentemente tratando de asemejar Alejandro Magno con Felipe Augusto. Cosa que también harían otros artistas y reyes de Europa.

[4] O mejor dicho, europeos de la Edad Media.

[5] Geofredo de Monmouth

[6] Personajes míticos de las Guerra de Troya. Virgilio en su Eneida hace a los romanos descendientes de estos.

[7] Otro opinión tendría Fullcanelli a juzgar por lo que dice sobre el mito de Baphomet en su libro "Las Moradas Filosofales".

[8] Supongo que se refiere al par de Francia.

[9] Reinaldo de Montalban era también un par de Francia y lo que se narra en el texo alude a la relación del Caballería con los Masones (sus símbolos de albañilería), pero observese que la época a la que se refiere aquí JVG es muy anterior a los Templarios, aquí JVG no los menciona pero si lo hace en otros capítulos del libro. Esto esta entre lo que dice entre lo poco y valiosos que dice en cuanto a la decadencia de los mismos: "¿Qué era el templo? El recinto del comprendía el mal cuartel, triste y poco poblado, que ha conservado su nombre.  Era la tercera parte del Paris de aquellos tiempos. A su sombra y bajo su poderosa protección vivían multitud de familias y afiliados. Las casas del orden tenían derecho de asilo; Felipe el Hermoso se había aprovechado de él cuando huyó perseguido en 1306 por el pueblo sublevado. El templo de Paris era el centro del órden y su tesoro; en el se tenían los capítulos generales, y dependian de él todas la provincias del orden".... "A los sacerdotes y caballeros suceden los legistas. El nieto de San Luis" (el mismo Felipe el Hermoso) "destruye el templo; la caballería muere en Courtri, Crecy, Poitiers".... "el nuevo mundo nace bajo las arrugas del viejo derecho romano, de la vieja fiscalía imperial, abogado, usurero, gascón, lombardo y judío" ... "Estos caballeros en derecho, estas almas de plomo y de hierro, fueron Pedro Flotte" (canciller de Felipe el Hermoso), ,"que tuvo el honor de ser matado como caballero en la batalla de Courtri" (o Courtray), "los Plasian, los Nogiret, los Marigni". Es sorprendente el toque antisemita de JVG, nada venezolano, aunque se puede decir en su defensa que eso fue mucho antes de lo que conocemos como el Holocausto. No fueron tampoco muy caballeros los templarios con los judios durante sus asaltos a Jerusalén.


[10] Hay relatos muy distintos en cuanto a la iniciación de un templario, en la que no aparecen precisamente como buenos cristianos.

[11] Eso si que tiene sentido.

[12] JVG parece aludir aun paralelismo como el que se hacía entre Alejandro Magno y Felipe Augusto. Ver nota 3.

[13] Un ejemplo de lo que se decia en la nota 12, aunque desconozco a que leyenda este aludiendo. Sería muy arriesgado tomar en sentido general lo que dice la nota 12

[14] Un sensualismo que en realidad iba mucho más allá de la mujer.

[15] Debe ser vasta esa bibliografía.