viernes, 29 de julio de 2011

El Sí Mismo

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Que el cuerpo sea el sí mismo, dado que el sí mismo reside en el seno del cuerpo y se expresa por medio del cuerpo, es para Nietzsche una disposición capital: todo lo que el cerebro le niega permanece oculto en la vida corporal, esa inteligencia más grande que el asiento de la inteligencia; todo el mal, todo el sufrimiento provienen de esa querella entre la pluralidad del cuerpo con sus mil veleidades pulsionales y la obstinación interpretativa del sentido cerebral: del cuerpo, del sí mismo brotan las fuerzas creadoras, las evaluaciones; de su inversión cerebral nacen los espectros mortales, empezando por la ilusión de un yo voluntario, de un espíritu “desprovisto de sí”. Asimismo, los demás no son otra cosa que proyecciones del sí mismo, a través de las inversiones del espíritu: el yo, el no tienen más realidad que como pura modificación del sí mismo. Por último el sí mismo en el cuerpo no es sino una extremidad prolongada del Caos -los impulsos bajo una forma orgánica e individuada, son los delegados del Caos. [...]
Desde el momento en que el cuerpo es reconocido como el producto de los impulsos (sometidos, organizados, jerarquizados), la cohesión de éstos con el yo se vuelve fortuita: los impulsos pueden servir a un nuevo cuerpo y están a la búsqueda de las condiciones nuevas: a partir de los impulsos, Nietzsche supone más allá del intelecto (cerebral) un intelecto infinitamente más vasto que aquel que se confunde con nuestra conciencia.
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