domingo, 25 de enero de 2009

Atlas y el Hombre Gordo

En su Libro "Incursiones en lo Indecible" Thomas Merton, desarrolla dos historias paralelas, que tienen como protagonista principal a Atlas, el dios griego hermano de Prometeo, y un personaje figurado, llamado "Hombre Gordo" en la primera historia y Martin en la segunda,  que representa la hibris de la civilización moderna, uno que intenta de alguna forma suplantar a Atlas, a quien Merton equipara de alguna forma con Prometeo, tanto por su parentesco, como por llevar todo el peso del mundo sobre sus hombros. Merton es partidario de la versión de Esquilo sobre Prometeo, como un bienhechor de la humada, en contra de la de Hesiodo en el que se le presenta como un impio revelde opuesto a la divinidad.

Ahora bien, ese Hombre Gordo se había criado con avena y carne y su nombre era secreto. Su padre era tendero y su madre carnicera. Su padre era sastre y su madre conducía un tren. Su padre era cervecero y su madre era general del ejército. Había nacido con manos de cuero y mente de relojería para ganar dinero. Odiaba el campo y le gustaban los estadios: ¡un hombre perfecto, civilizado! Su número era 666, y trabajó mucho para reconstruir el estadio que había destruido Atlas.

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Nadie miró nada, sino que fijaron sólo los ojos en el Hombre Gordo encolerizado. Nadie oyó a Atlas allá lejos pensando en el humo. Lo único que supieron fue que la ciudad empezaba a caerse otra vez y el Hombre Gordo rugió entre los teatros desmoronados: "Si fuera a mi gusto, habría LLUVIA". Extendió las manos y fue a su gusto. Cayó la lluvia tan de repente como una montaña negra. El reloj dio las diez. El mundo dejó de moverse. Todos lo atribuyeron al Hombre Gordo cuyo nombre era secreto.

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Entonces el Hombre Gordo, movido por la intuición, metió los pies en el agua y estableció contacto con el espíritu de la noche, y las olas chascaron en torno a sus rodillas. De repente empezó a crecer. Abandonó la carne para hacerse un asceta. Bebía solo el más barato enjuague. Trataba con mujer sólo por correspondencia. Probó a extender las manos al cielo y empezó a sostener el firmamento. Se puso a sostener el cielo y a predicar al mismo tiempo, pues de repente se había vuelto religioso. Empezó a hacer una lista de todas las fechas de la historia y a decir a los hombres otra palabra en vez amor y otra palabra en vez de muerte. Dijo que el mismo era el hijo mayor del amor y de la muerte, pero sobre todo de la muerte. En ese punto, volvió a comer carne y a tratar otra vez directamente con mujer. Dijo que también les podía dar otro nombre en vez de mujer. La gente tomaba notas de lo que dijo luego y él les dijo que su verdadero nombre era dios.

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"Hombre Gordo - dijo Atlas -, eres un infiel hijo loco de relojes y zumbadores. No sé qué artefacto fue tu progenitor, oh bastardo de dos máquinas, nacido con otro millón. Tú madre no es el océano, tu padre no tiene el sol en tu corazón, no conoces el olor de la tierra, tu sangre no es tuya; esta tomada de los ejércitos. Un faro rojo se enciende y apaga a cada pensamiento de tu cabeza, y un zumbador anuncia tu última palabra. Aborrezco el tráfico que procede de tal boca loca y convulsiva. Es la boca de una horda, la boca de un sistema, la boca de un garaje, la boca de una comisión".

Atlas dejó de hablar y la lluvia se acabó. El Hombre Gordo se encolerizó en su sitio y toda la gente sudó bajo el ataque. Las multitudes esperaban que el Hombre Gordo se levantará por su honor y, por primera vez, moviera el mundo con su invento. En vez de esto, no hacía más que discutir consigo mismo, y aunque presumía, un momento después se llamó embustero a sí mismo. Pero a continuación acusó a Atlas de las más vergonzosas infamias.

"Atlas es responsable -dijo-, de puertas y ventanas, escaleras, chimeneas y cualquier otra forma de maldad". Al atacar a Atlas, acabó por no impresionar a nadie más que a sí mismo, y éste fue el estribillo de su exhibición: "Trece es un número de mala suerte y hay trece en este teatro" (Eso fue su primera valentonada y casi la última, el núcleo de su argumentación. Pues aunque dijo mucho más, apenas fue más allá de ese punto: ¡Oh dichoso trece!)

"¿Veis -gritó- , veis a mi alrededor las trece barbas de Víctor Hugo y Karl Marx? ¿Veis a mi alrededor los lentes de Edison y Rockefeller, y detrás de mí las consoladoras caras impasibles de Stajanov y Patton? ¿Veis sobre mi cabeza los trece bigotes de Hitler y Stalin? Los que veis esos trece, me veis a mí y a mis padres........

"Ahora llevo trece días con sus trece noches combatiendo los elementos con mi invento. Los elementos no volverán a ser jamás los que eran. Hubo trece inundaciones cuando el mundo fue destruido por primera vez, y trece se sentaron a cenar juntos en el mismo cuarto cuando mi primo Judas hizo un gran negocio (Mis primos prosperan todos en negocios. No somos afortunados en el amor).

"Ahora que los hados están midiendo más incendios para las ciudades de los hombres, y yo mismo invento otros, y las paredes empiezan a agitarse por obra del ateo Atlas, aquí estoy para desafiar a Atlas............"

"Yo solo sacudiré paredes en el futuro. Yo solo encenderé trece fuegos. Yo solo estableceré lo justo y lo injusto: planearé día y noche a mi gusto, y el sexo y el porvenir de los niños. Yo solo encolerizaré o dominaré el mar, viento y demás elementos. Y ahora, por Dios, oigo trece hombres presuntamente justos andando bajo el linóleo y si no se detienen ¡HARÉ FUEGO!"

Bueno, como se podría suponer, los ciudadanos salieron con bandas de música a saludar al Hombre Gordo, puesto que había sido dispuesto así. Pero el Hombre Gordo ahora estaba pérdido en su propio humo. La fuerza se desbordaba de su invento, y sus manos cayeron inertes: los ojos le saltaron y la grasa empezó a disipársele con todo el calor que había causado con su discurso. Los hombres de las bandas de música seguían sudando y soplando. Sus trompetas tiritaron hasta que los tambores se desplomaron. No había lluvia y el Hombre Gordo era más pequeño que un niñito. Los vientos estaban tan quietos como la muerte; los edificios se inclinaron para la última caída. Todos sabían que el Hombre Gordo no se quitaría de en medio a tiempo. Los generales gritaron al Hombre Gordo, al marcharse por todas las ventanas, diciéndole que saltara, pero nadie le oyó responder.

Entonces Atlas se irguió sobre el mundo sosteniendo el cielo como una gran pared de hielo claro y el Hombre Gordo vio que Atlas no era su amigo. El Hombre Gordo estaba cegado por el fulgor del hielo y cerró los ojos aun mundo que su propia locura había hecho odioso.

Así llega el invierno al océano y la ciudad tranquila ostenta plumajes de humo en cascos de hielo. Es un tiempo de ventanas doradas y de sol de acero, un tiempo de crueldad más amarga que antes, aunque el Hombre Gordo se ha ido. Pues aun el hombre justo mata sin compunsión, porque hay obligación de ser duro, y destruir es misericordia. La justicia es un mito hecho de números. La misericordia es amor al sistema. La Navidad pasa de largo sin hacer ruido porque ya no hay pecadores, todo el mundo es justo.

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Nota: Esta es otra versión del mito de Atlas, menos desarrollada y menos poética.

Entonces Martin dicta valientemente un telegrama a Atlas en que da conocer todas sus cualidades para el nuevo cargo de moderador mundial. "Pues -declara-, estos movimientos no ha de dejarse al mero instinto". Eva le anima a "explicar todo". Escribe:

"Nunca tuve que ejercitarme en gimnasios. Tanto la fuerza como la habilidad me vienen por naturaleza. Fui majestuoso en la cuna, y lo sabía muy bien. A los dos años sabía cortarme el pelo, pero no lo hacía proque mis padres eran ricos y teníamos muchos criados. A los seis años, enseñaba griego en un colegio pequeño pero decente".

("¡Ah, las perversas dignidades dela erudición!" piensa Eva en voz alta, leyendo sobre su hombro).

"En las casas más elegantes, salía de entre la lluvia sin tener agujeros en los calcetines. No dejaba entrar la lluvia en mi cuarto ni en mi ropa. Era perfecto en mi compostura. En todo momento conservaba secos en mis coches de lujo a mis amigos y amenizadores. Protegía a todos porque yo mismo era protegido por todos. ¿Quien podía preocuparse un momento por el porvenir? Fui creciendo en los vehículos más distinguidos. Crecí en seco en los más caros torrentes de lluvia. Era difícil encontrarme, por supuesto, y rara vez se me veía: rara vez aun en retrato"....................

"¿Cómo puedo evitar hacer amigos cuando los necesito tanto y, en realidad, casi nunca soy mi propio amigo? Soy tan rico que puedo comprarles de una vez todas sus soledades. Todas sus soledades son mías. Las mantengo sin ser mantenido. Estoy solo. Estoy solo en medio de los que me aman. Ahora están a punto de caer de cabeza en el agujero. ¿Puedo evitárselo? Tengo que procurar trabar conocimiento con un hombre de fuerza. Pero yo mismo soy el único hombre de fuerza".

"Está claro que con mi inmensa riqueza puedo mantener a Atlas, y con eso a todo el agradecido mundo. Esta es la sustanciosa canción que he compuesto para el caso:

Yo solo
en gran número,
reunido
yo solo.
Cada día haciéndome más rico
soy una población
yo solo.
Soy una ciudad de un hombre.
yo solo.

"Esta nueva canción asume toda la cuestión de ser tan rico que se puede superar a todos los demás. Creo que no está mal".

Nadie puede expresar en palabras la pregunta no pronunciada: "¿Responderá Atlas? ¿Sabe leer incluso este tipo de idioma?".

Extraido de: "Incursiones en lo Indecible". Thomas Merton.